Gracias, amada mía, por tu voz en el trigo,
por tu espada de aroma y tu mirada extensa.
Gracias por el desnudo maduro de tu boca,
por tus dedos de sol y tu frente en delirio,
por tu gesto de nube y tu ausencia de sombra.
Pon el oído aquí donde comienza todo;
en esta forma blanca de cabeza en ensueño;
pon tu oído de mar y tu mano de humo.
Sólo quiero decirte que por ti estoy alegre
y veo en ti constante la belleza del mundo.
Frente a ti soy un mapa con caminos y aves,
con revueltas banderas y dominios y arados,
con noches de ancha luna y batallas y brazos,
y buques en bahías con olor de floresta.
Gracias por esos hombros en constante embeleso
y esa estrella marina perdida en tu mirada;
por tu existencia leve y tu viento en espera.
Por ese viento fuera mi corazón un barco
y tu mano la mar de cosas invisibles.
Acércame a tu ausencia, a tu noche infinita,
a tus muros fugaces donde crecen geranios,
a tu nombre encerrado entre ardidas violetas.
Gracias por las ventanas de la casa en que vives,
gracias por el color de tu trajeen la tarde,
gracias por el sonido de tus pies en la calle,
por la lluvia que traes en el pelo enredada,
por el sol en el paño de tu vestido verde,
por esta hora simple y por este poema.
-Jaime Ibáñez-


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